viernes, 6 de abril de 2012

TEORÍA DEL BOTÓN GORDO

Las maravillas que hacen los mecánicos (desde triciclos a aviones)actualmente llevan incorporadas uno, dos, diez, cien, mil sistemas electrónicos, cada uno más enrevesado y complicado que el anterior. Eso hace que lo que hace treinta años era una bicicleta, ahora sea un aparato que se desplaza horizontalmente mediante la aplicación de un impulso no motorizado y monitorizado para comprobar longitud recorrida, temperatura del asfalto y presión de las gomas.
Pero hay algo que ningún diseñador de hardware ni software ha podido evitar, soslayar ni sustituir. Algo que ha marcado siempre el devenir de la evolución tecnológica del hombre desde que construyó la primera máquina. El botón gordo.
Para que lo veamos claro sólo tienen que observar la pantalla donde están leyendo estas palabritas. Allá abajo, o allá arriba, habrá un iconito que es especialmente más ancho, alto, colorido y llamativo que los demás. Si tienen además un teclado, verán que una de las teclas más grandes es la de Enter o Intro. Si observan su tableta, observarán botones enormes que nos dicen con su tamaño y texto lo que puede hacer usted. Ya no les digo nada de los botones "on" de los múltiples electrodomésticos hogareños que le rodean ahora mismo.
Podrán aducir que ahora lo que se intenta es que la gente reconozca el símbolo , independientemente del tamaño del botón. Les aseguro que no hay diseñador industrial que no haya aumentado el tamaño de un botón para conseguir que el usuario lo machaque hasta la extenuación, en detrimento de otros pobres botones que se lo merecían incluso más que el elegido. Pobres botones pequeños, esos olvidados...que luego se rebotan y provocan esos comentarios tipo" NO Sé Que He Tocado". Estos se merecerán capítulo aparte.
Para resumir, la norma es la siguiente:


- Si es usted poseedor de un cacharro del cual no sabe ni cómo se coge, presione siempre primero el botón más gordo que encuentre. En el siguiente paso, deberá LEER OBLIGATORIAMENTE lo que le indique el zarrio en cuestión.


Es nuestra primera norma y la que nos va a salvar de pasar horas muertas pensando, si es que disponemos de horas, claro.

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